Se puede vivir un rato… sin celular

Apostaría a que sabes de que te hablo: sales a comer con una amiga para conversar tranquilas, sin maridos y sin niños. Antes de empezar a elegir el plato tu amiga recibe tres llamadas al celular. Una de la hija para pedirle permiso para algo, discuten un poco (porque no quiere darle el permiso pero al final se lo da). Otra del hijo que quiere saber si su amiguito puede quedarse a dormir, discuten un poco (porque el niño ya se ha quedado dos noches esta semana). Otra de la empleada para avisar que no queda leche para el desayuno, discuten un poco (porque no avisó a tiempo). 

Tu amiga se disculpa, pone cara de “¡cómo molestan!” pero no corta inmediatamente ni apaga el teléfono cuando termina de hablar. Antes del postre la vuelven a llamar dos veces con lo cual lo que debía ser una apacible conversación se transforma en un intento permanente por retomar el hilo y recordar de qué estaban hablando.  

O estás jugando tenis, llaman a una de tus compañeras en mitad del partido y sientes instintos asesinos que te cuesta controlar. También sucede, y no debería, que cada vez que vas a un espectáculo alguien “se olvide” de apagar el celular; que, por supuesto, siempre sonará en el momento menos oportuno. Cuando no se sienta a tu lado el maleducado que lo contesta y entabla una conversación explicando… por qué no puede contestar ¡en plena función!

Pues bien, sería hora de escribir y repartir un manual de buenas costumbres celulares ya que la humanidad parece haber olvidado que hubo un tiempo en que los teléfonos móviles no existían y se ha dejado invadir por el mini aparatito hasta límites insospechados.  

Cuando ingresamos en un lugar público es porque queremos hacer una pausa, beber o comer algo, presenciar un espectáculo o, incluso, leer tranquilas un periódico o un libro; es decir, para relajarnos, disfrutar y pasarlo bien. De ninguna manera para ser torturadas por un timbre que atruena con una deformada versión de Para Elisa, de Danubio Azul o de una canción de Queen. Tampoco para escuchar que a la vecina de mesa no le gustó el señor con el que salió anoche y necesita explicárselo a una amiga. O para enterarnos de los complicados negocios del señor de la otra mesa. 

En muchos países los celulares ya superan el número de personas, es decir que hay más de uno por cabeza y realmente parece increíble que tanta gente no se dé cuenta de cuán molesto, hasta ofensivo, es hablar delante de otras personas si no se trata estrictamente de una catástrofe inesperada. 

¿No te parece que un teléfono celular debería ser solo eso que es? Un instrumento muy útil para trabajar, para comunicarse en cualquier momento y lugar, o algo así como un arma defensiva para el caso de un imprevisto o problema serio; pero sin olvidar que es uno quien debe decidir  cuándo se enciende y cuándo no. Ya no puede  considerarse, como lo fue en su momento,  un símbolo –bastante absurdo- de estatus, ni una manera –claramente ridícula- de hacerse notar, ni un modo –molestísimo- de invadir las vidas ajenas.

Sólo debería ser un aparatito útil que nunca nos pusiera en situación de querer preguntarle a una amiga: “Oye, ¿con quién estás, con tu teléfono o conmigo?”  

¿Podríamos iniciar una campaña para auto-controlar el uso de los celulares? 

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