Todo comienza deseando

El sexo comienza siempre en nuestro órgano sexual más poderoso: la cabeza. Allí es donde se generan los pensamientos y se procesan las imágenes y sensaciones que encienden o no nuestro deseo sexual. Es éste la llama que pone en funcionamiento todo el resto. Tiene que ver con fantasías, predisposición, deseo de entrar en clima”, algo así como “una preparación”.

Factores ambientales, emocionales y físicos, influyen en el deseo sexual. Las inhibiciones, los traumas y las situaciones no resueltas de las relaciones afectan negativamente, así como las enfermedades, los medicamentos, el estrés y la fatiga. Por otra parte, el enamoramiento, el sentirse relajado o el estar de vacaciones pueden aumentar el deseo. En general, permitimos que emerja en circunstancias seguras, y lo inhibimos en situaciones que muchas veces imaginamos peligrosas.

Cada una de nosotras percibimos - de manera especial y subjetiva - los factores que desencadenan el deseo sexual. Nuestros ojos lo perciben, nuestra piel, lo siente, su olor especial nos inunda; su voz y sus palabras, entran en nosotros. A veces es suficiente con que uno de estos mensajes nos llegue para que inmediatamente se desencadena el deseo de él, de ella; nuestro cuerpo vibra y lo busca.

Cuando “esa mecha” se enciende nuestro cuerpo se excita y toda nuestra mente es atrapada por esta experiencia. Nuestra fantasía nos permite desarrollarnos y proyectarnos en intensas y emotivas situaciones en las cuales, pasionalmente,  pareciera que nuestro Yo, mente y cuerpo “se pierde, se entrelaza” con el Yo, mente y cuerpo del otro. 

Entonces se producen esas señales externas que sirven para conquistar al otro. Es el lenguaje de nuestro cuerpo que acompaña a las actitudes de seducción poniendo en evidencia aquello que creemos “la mejor arma” para la conquista.

Y cómo nos comportamos cuando “esa mecha” se pone en funcionamiento? Será nuestra historia personal, el complejo mundo de nuestras experiencias quienes lo determinarán: con dulzura o arrogancia, fuerza o debilidad, alegría o tristeza, seguridad o titubeos, pasividad o agresividad.

¿Existe un nivel “normal” de deseo?

Resulta muy complejo definir qué es un nivel normal de deseo sexual por las grandes diferencias existentes entre los individuos. También varía la frecuencia con la cual las personas mantienen relaciones sexuales.  Lo que para uno es falta de interés, para otro constituye el interés normal. Numerosos factores influyen en las diferencias, desde la disponibilidad de pareja a la importancia que se otorga a la actividad sexual en comparación con otras actividades. Incluso algunas personas que se consideran inapetentes, no están totalmente desinteresadas. Su problema puede residir en las diferencias de motivación con su pareja y en las expectativas poco realistas transmitidas por algunos medios de información.

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