Estrella fugaz

Era cuestión de tiempo”, confesó Janis Winehouse al enterarse de que su hijamenor –Amy, de apenas 27 años– había sido hallada sin vida el sábado 23 de julio, alrededor de las 16, en su piso del barrio londinense de Camden. Fue un final trágico pero que se percibe predecible. Con dos discos editados –dos superéxitos–, Frank (2003) y Back to Black (2006), y cinco premios Grammy en su haber, la estrella inglesa convivió con varios frentes de tormenta: el primero, su adicción al alcohol y a las drogas (se sospecha que llegó a gastar US$ 1.600 dólares por día en estupefacientes); el segundo, su mal de amores, que la hacía sufrir demasiado: la ruptura con el director de cine Reg Traviss, con quien había empezado a salir en enero de este año, la mutiló emocionalmente.

Si bien aún no se determinó con precisión el motivo del deceso y no se descarta el suicidio, los primeros informes suponen que hubo un exceso de consumo de éxtasis y alcohol. Un cóctel letal para la joven cantante que ya forma parte del fatal “club de los 27”, la edad en que también murieron Janis Joplin, Jim Morrison, Jimi Hendrix y Kurt Cobain, otros íconos del rock que fallecieron tempranamente y de manera trágica.

LA PREMONICION. Con el pelo batido, un piercing en el labio, tatuajes en los brazos, la mirada acentuada por el delineador negro y los labios rojísimos, Amy marcó tendencia y no pasó desapercibida ante la mirada de diseñadores como Karl Lagerfeld, quien se inspiró en su estética, muy años ‘50, para una de sus colecciones. También, el año pasado, diseñó una serie de prendas de la mano de la firma inglesa Fred Perry. Y sobre el escenario y en CD, puro carisma y una voz superpoderosa. Era una mujer menuda, de apenas 1,59 de altura, de escote prominente (se operó en 2009), delgadísima, y mucho más durante los picos de su adicción. “Suena afroamericana, pero es una mujer judía 100% británica. Parece sexy, pero no juega a eso. Es joven, pero suena vieja. Canta con sofisticación, pero es vulgar hablando. Su música es melosa, pero sus letras son desagradables”, dijeron de ella los críticos musicales al intentar explicar la revolución que provocó la aparición en el mundillo del soul de esta cantante de voz cavernosa que muchos han comparado con Sarah Vaughan o Nina Simone. Sus fanáticos y admiradores que por estos días dejan cartas y fotos en la puerta de un departamento ya vacío, y que acompañaron la ceremonia íntima que la familia celebró en su honor el pasado martes 26, concentrándose en las inmediaciones del cementerio de londinense de Edgwarebury, la adoraban.

Amy creció en los suburbios del norte de Londres, como la hija menor –tiene un hermano, Alex– de una farmacéutica y un taxista que se separaron cuando ella tenía nueve años. Pero a pesar de que no había artistas profesionales en la familia, en aquel hogar la música estuvo siempre muy presente, especialmente en las melodías jazzeras que su padre, Mitch, adoraba cantar y que estimularon la inquietud bohemia de su hija. A los diez años Amy empezó a tomar clases de canto en una escuela de teatro, y a los trece, cuando le regalaron su primera guitarra, empezó a componer. Enseguida vinieron las presentaciones en el circuito de pubs londinenses y, más adelante, Frank, su primer disco. Fue en 2003, de la mano de la discográfica Universal. Aquella placa cuyo nombre homenajeaba a Frank Sinatra, de quien su padre era confeso seguidor, se convirtió rápidamente en disco de platino en el Reino Unido y fue nominado al Mercury Prize, un premio que anualmente se le concede a los artistas debutantes. Pero fue con su segundo trabajo, Back to black, en 2006, con el que Amy se consagró internacionalmente. El disco escaló como triple platino a las pocas semanas de aparición, y Amy, con apenas 24 años, se llevaba en 2008 cinco premios Grammy (de las seis categorías en las que estaba nominada), entre ellos el de artista revelación y el de mejor canción del año para Rehab. Precisamente es el estribillo de aquel single, la canción más popular de Amy Winehouse, el que suena ahora, con la noticia de su muerte prematura, como un pedido desesperante. “Trataron de hacerme ir a rehabilitación, pero yo dije no, no, no...”

EL DESENLACE. ¿Puede un éxito desmedido determinar el trágico final de una artista que no estaba preparada para él? ¿Por qué nadie pudo ayudarla cuando ella cantaba y expresaba a todo volumen su desencanto, mala vida y desesperación? Sergio Marchi, periodista de rock y biógrafo de Charly García –editó recientemente el libro Pappo, biografía del hombre suburbano–, analiza: “La industria hizo todo para salvarla. La industria siempre busca proteger su inversión. Pero el gran problema son las adicciones, que muchas veces no pueden ser detenidas. El mecanismo de la adicción es muy poderoso, somete la voluntad propia y ajena. Por suerte, el mito de que las drogas forman parte irremediable de la vida de un artista y que fomentan su creatividad son un paradigma que caducó hace tiempo. Con la muerte de Jim Morrison quedó comprobado que las drogas matan. El talento y una buena letra, por más desafiante que suene, siempre es ‘a pesar de la adicción’”.

En los últimos meses Winehouse estaba más deprimida que nunca, se la veía flaquísima y los escándalos que protagonizaba en bares londinenses eran cada vez más frecuentes. Su familia la veía muy cansada y sumergida en una tristeza absoluta. El director de cine Reg Traviss la dejó tras una relación de seis meses, y después de intentar infructuosamente que Amy dejara de beber. A ella ya la habían sorprendido fumando crack y era habitual verla con una copa en la mano a cualquier hora del día. Elegante y dulce, Traviss cultivaba un perfil completamente diferente al del músico Pete Doherty, el cantante –también conocido como ex de Kate Moss– con quien Amy compartió vida y escándalos, hasta el 2009. Hubo peleas en la calle, con golpes y gritos incluidos y, entre otros escraches públicos, los encontraron fumando marihuana en un hotel de Noruega. Actualmente, Doherty, adicto a las drogas, cumple una pena en prisión por robo y posesión de armas de fuego.

Por estos días, el músico inglés es señalado por el círculo íntimo de la cantante como una de las personas que más potenciaron la tendencia autodestructiva de Amy y su búsqueda por traspasar los límites. Del otro lado, su familia y su representante, Chris Goodman, intentaban ayudarla e impedir lo inevitable... El año pasado estuvo en la clínica londinense The Priory, otro intento para superar su adicción al alcohol. Otro plan que ideó la familia fue acompañarla en viajes de reposo e inspiración. Así, en 2009, Amy viajó junto a su madre y a su sobrina a Santa Lucía, una isla del Caribe, en la que se esforzó por recuperar la voluntad de componer y trabajar con vistas a la grabación de un nuevo disco.

Desde la discográfica Universal insistían en que la solución a sus dolencias sería canalizar su energía productivamente. Pero ninguna motivación ni alerta por su estado de salud fueron suficiente. Incluso después de que en 2008 los médicos le declararan un principio de enfisema pulmonar, probablemente a causa del consumo de cigarrillos y crack. El último concierto, en Belgrado, fue un papelón. El público no la perdonó y la abucheó, y las imágenes de la humillación dieron la vuelta al mundo en YouTube y noticieros d tevé. Salió al escenario borracha, con una copa de vino en la mano, casi no podía mantenerse en pie y mucho menos cantar la letra de las canciones que ella misma había escrito. Todo ante la mirada atónita de sus músicos y la conmoción de sus fans. Aquella presentación, el 18 de junio pasado, se convirtió en el último concierto, ya que después de pedir disculpas al público, Winehouse optó por suspender la gira por Europa. “A pesar de querer cumplir con sus compromisos, Amy no puede cantar como quisiera y regresará a su hogar”, se excusaron sus voceros.

Fue su último acto sobre el escenario. Y detrás de escena, no quedaba demasiado tiempo tampoco. Y como siempre sucede ante una muerte joven, volvemos a escucharlos y a leer sus frases con otra –dramática– perspectiva: “En diez años me veo retirándome y viviendo como una feliz ama de casa, cuidando de mi marido y de mis siete hijos”, dijo Amy algún tiempo atrás. Su padre, en el cierre de su funeral, expresó: “Buenas noches, ángel mío, duerme bien”, mientras sonaba “So far away”, de Carole King, una de las canciones preferidas de Amy.

Cargando...